¿Dónde los dejé?

Creí haber dejado mi pluma en tu almohada,
perdí los acordes de mi guitarra,
también una sonrisa de madrugada
pero ¿dónde los dejé?

Perdí al arlequín errante,
que tanto me amedrentaba,
perdí la risa constante,
¿dónde los dejé?

Perdí la imaginación, la búsqueda,
dejé de lado la sorpresa, el asombro,
los busco aún en cada escombro,
Dios mío, ¿dónde los dejé?

¿Será que perdí la esperanza?
Perdí la costumbre del poema de madrugada,
y la sonrisa a las cuatro de  la mañana,
quiero saber dónde las dejé...

Es que sola era imposible darme cuenta,
de lo que había perdido en mi raudo camino,
creí que era obra del perro destino,
pero era mi pecho y el profundo vacío.

Acaricia mi mejilla una grata sorpresa
me hace pensar que en Perú aún nieva,
que todo lo que perdí,
en sus ojos, lo encontré.

Niebla enaltecida

Cómo aquella humedad me perfora los poros,
casi como penetra el recuerdo,
de hace tan poco tiempo, tan poco,
solo horas van corriendo.

Dos figuras en un espacio,
la buena del presente y el oscuro pasado
que termina siendo claridad invertida,
un hilo de plata entre su sombra y la mía.

La búsqueda implacable por mi sonrisa,
el aroma neutro de la suave brisa,
aquella terrible misión clandestina,
que sigue en secreto y no lleva prisa.

Ya no hay necesidad de decidir,
la niebla sigue siendo la misma,
pronta será su vuelta a Lima,
pasados los días de falsa sequía.

Te miro

Te miro porque gusto de calar en tu alma,
porque gusto de llenarme de ti poco a poco,
porque gusto de leerte la mente
y porque gusto de que sientas mi calma.

Te miro porque sé que te ennerva,
porque sé que te inquieta la mirada,
porque te sientes invadido, en la nada,
porque sientes que es una mirada errada.

Te miro porque simplemente me gusta mirarte,
porque el café me encanta a toda hora,
porque el color me aturde desde ahora;
y eso me basta para enseñarte.

Te miro porque quiero que me acompañes,
aunque las distancias no sean largas,
aunque nos enredemos en mil marañas,
hasta que nos resguarden casas de arañas.

Te miro para esconderme en tu mirada,
para huir del mundo relativista,
para descubrirte más allá de la vista,
y para encontrarte en la húmeda brisa.

Debería

Regálame música cuantas veces quieras,
cántame las palabras que no puedes decirme,
mezcla las cenizas del amor que te di eventualmente
con las del cigarro que fumas. Detente.

Detente porque no soporto el humo que exhalas,
porque con la mirada absorbes mis ganas,
porque cuando pronuncias palabras sin sabor,
tiembla mi cuerpo, mi pecho, mi razón.

Porque aún me duele que no estés conmigo,
todavía siento fresca la herida y no te has ido,
porque me estremece cada canción
y sigo anhelando un beso y un girasol.

Debería, dejar de esperarte, debería;
debería apartar esa esperanza vana pero sencilla,
debería dejar de escuchar tu canción,
debería asesinarte, con placer y con dolor.




Calor, perfume y sudor

Fue casi predicción, epifanía,
aún recuerdo lo que su sonrisa escondía,
recuerdo, tal vez haberlo imaginado,
recuerdo que supuse que lloraba su pasado.

Eran piernas perfiladas y un secreto tras la falda,
el fantasma que gritaba, tras el nudo de su rodilla,
sé que ella aún extraña su feliz melancolía
y lo que esta susurraba mientras ella sonreía.

Y las curvas de los ojos,
la sonrisa, el labio inferior,
las mejillas, el palpitar, el corazón,
el seno profundo, con perfume y sudor.

Suave, suave sabor,
maquillaje sobrio, natural expresión,
labial rojo, sangrando,
pensamientos que tal vez, me siguen acechando.

Porque yo la quise mucho
y sé que ella también,
que Neruda escribió un poema,
porque entendió su mundo al revés.

Murió ella y verano eterno,
porque ella odiaba el verano,
un par de ángeles lloran en su regazo
y su aroma, por mi cuerpo, sigue vagando.

Destino incierto

No puedo levantarme de la cama, el peso de mi cuerpo se ha vuelto insoportable. Trato de ponerme en pie, pero solo suenan mis huesos al compás de esa terrible canción sin melodía. Una vez abiertos mis ojos, mis pesados párpados lamentan moverse, les pesan las pestañas. Trato de sonreír pese a todo, pero la comisura de mis labios me prohibe el acto.

¿Por qué tanto peso en un cuerpo como este?

La respiración se vuelve lenta y serena, mientras me recuesto nuevamente. No siento culpa, sino intriga; no siento ira, sino pena. La última brisa alentadora del verano ya empezó a desvanecerse, a hacer su imagen borrosa, a dejarme en medio de una Lima desértica, húmeda y calurosa. Esa brisa que tanta esperanza me había dado, que tantas sonrisas había regalado. Creer que eso duraría, fue mi peor pecado.

La brisa es pasajera y ahora viaja a la deriva. Yo, fiel a esta brisa, he decidido seguirla. No importa donde vaya, ni si resbalo en la acera, he decidido seguirla aunque a la larga me duela. Porque el tacto de esta brisa es único en su especie, porque el sonido de su lentitud es constante y no decrece, porque corre con pasión por donde la lleve el mundo y porque quizá mi destino sea andar sin rumbo.