No puedo levantarme de la cama, el peso de mi cuerpo se ha vuelto insoportable. Trato de ponerme en pie, pero solo suenan mis huesos al compás de esa terrible canción sin melodía. Una vez abiertos mis ojos, mis pesados párpados lamentan moverse, les pesan las pestañas. Trato de sonreír pese a todo, pero la comisura de mis labios me prohibe el acto.
¿Por qué tanto peso en un cuerpo como este?
La respiración se vuelve lenta y serena, mientras me recuesto nuevamente. No siento culpa, sino intriga; no siento ira, sino pena. La última brisa alentadora del verano ya empezó a desvanecerse, a hacer su imagen borrosa, a dejarme en medio de una Lima desértica, húmeda y calurosa. Esa brisa que tanta esperanza me había dado, que tantas sonrisas había regalado. Creer que eso duraría, fue mi peor pecado.
La brisa es pasajera y ahora viaja a la deriva. Yo, fiel a esta brisa, he decidido seguirla. No importa donde vaya, ni si resbalo en la acera, he decidido seguirla aunque a la larga me duela. Porque el tacto de esta brisa es único en su especie, porque el sonido de su lentitud es constante y no decrece, porque corre con pasión por donde la lleve el mundo y porque quizá mi destino sea andar sin rumbo.