No sé si hay muchos carros o pocos destinos

Y el gris se acrecentó
la figura apareció 
en medio del humo tóxico,
maldito.

Desgracia y cuerdas 
malditas, malditas cuerdas,
la canción de sirena,
que el mar grita
desesperado.

Una canción
un jardín, claveles.
No, no grites.
Un saludo, una despedida
y la maldita desesperación.

La impotencia y el adiós,
el tráfico y el rubor,
el malogrado delineador
y el poco control del dolor.

Humedad, frío y matices al gris

Llegó el invierno y tres caras largas,
la del que intentó, anonadado,
las aves que vuelan y no dejan de cantar,
el perro que aún usa un bozal.

Llegó la cara de la satisfacción,
en medio de la humedad y la desazón.
Se ve la rata cambiando de hueco,
la abeja vuelve al panal,
todos bajo un mismo cielo
y la censura de vida mortal.

Una monja que huye del sexo,
un amor que no se concretó,
que tuvo tiempo y oportunidad
que el hombre, solo, desperdició.

Y una mujer vagaba en medio del parque,
mirada perdida y pensamiento constante.
Mujer de diez vidas, diez vidas poetas,
mujer femenina de mente azuleja.

Y aquella mujer con el viento conversaba,
sonreía como si este realmente le contestara,
muchas heridas pero poco rencor,
qué hacer con alguien tan lleno de amor.

De repente una conversación,
sin dagas, espinas u otro dolor,
dejar el pasado, sembrar más color,
en el jardín del edén que su mente creó.

Y correr, sin huir esta vez,
encontró un matiz distinto,
un matiz que no buscaba pero llegó a encontrar,
un matiz que amó en sueños, o quizá en el ideal
y ahora que lo tiene, no dejará ir jamás.

Y las aves siguen cantando,
los ratones corren, temblando,
los perros, sin bozal, siguen ladrando,
ella a su matiz, va enamorando,
y transcurre este invierno, ya no tan amargo...