Miró al horizonte

Elissa, Lisa, Melissa... Se había puesto demasiados nombres, todos estaban con ella mientras subía esa rocosa montaña. Odiaba su historia pasada, con cada paso la borraba. Siguió subiendo, encontraría mucha tierra hasta llegar a la catarata. Una vez que divisó una palmera, sonrió: ya estaba cerca. Vio la catarata un rato, era pequeña, pero bonita y cantante. Pasó la catarata y llegó a la parte más alta. Ahí, empezó a emitir sonidos con su zampoña, sintió como Elissa salía de su cuerpo, luego Melissa, luego Lisa, luego todos los mil personajes en los que se había convertido. Respiró, el viento sopló muy fuerte, ella abrió los brazos y todos cayeron del cerro.... Todos menos Elissa. Ella la miró, se sentó a su lado y le pidió que se vaya, pero como Elissa era la más parecida a ella replicó que no merecía morir cayéndose torpemente de una montaña. Caminó hacia la catarata y murió con la fuerza de las aguas. Elissa había muerto, ya no habitaba en ella, no podía estar más feliz; ya no viviría presa de un amor no correspondido, ya no tendría que hacer lo imposible por una persona que ahora la consideraba invisible... Ya era libre.
Lloraba desconsoladamente al llegar a casa, aquel lugar tranquilo y monócromo. Llamó a aquel que ya no la amaba. Las lágrimas caían lentamente. Una vez acabada aquella conversación, simplemente miró al techo y recordó aquel horizonte hermoso que vio desde la montaña. Lloró otra vez, y con sus lágrimas también se despedía de él. Por más que lo intenta, no lo olvida, lo ama. Esta vez no es Elissa, es ella quien está esclavizada al amor eterno pero no correspondido. Así, Elissa murió, dejando a una chica vacía pero esclavizada a un amor imposible, cruel y despiadado; como el que ella odió antes de morir.

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