Mi amor es contemplante

Podría pasarme horas aquí, observando lo más profundo del horizonte, adivinando qué puede haber más allá de lo que logro ver... Ya sea en el Monte Olimpo, siendo Atenea; siendo yo misma, en mi balcón o siendo quien quiera en alguna otra parte, siempre me intrigan las almas que aún no conozco. Algunas no se abren, no se dejan conocer, otras simplemente no se encuentran y así transcurre la historia de la humanidad, con tantos habitantes que muchas almas quedan perdidas en el tiempo, la imaginación y el espacio.
Así, encontré un alma lejana y cercana a la mía; Atenea se enamoró al mismo tiempo que yo, me convertí en ella y ella se convirtió en mí y vimos una figura que nos llamaba al amor. Atenea me recordó la historia de las mitades, de las almas partidas en dos... sentí que él era esa mitad. Di un paso y me di cuenta de lo hermoso que era, de la perfección de todas sus facciones, de la melodía perfecta que vi en ese momento. No. No me acercaría más.
Vi en mi cabeza entonces a un grupo de caballos y yeguas corriendo en perfecta armonía, pisando el agua sin mayor cuidado, siendo libres como ave cantando y fue ahí que me enamoré de la perfección de aquella libertad. Él era como esos caballos, era un ser hermoso y libre digno de ser contemplado. Lo contemplé por un momento más y me alejé, porque mi amor es contemplativo, sino, no existe. Lo contemplo de lejos porque es perfecto, porque tocarlo mancharía esa belleza pura y santa, porque besarlo significaría la mezcla entre su escencia y la mía y, aunque yo muera por ello y -tal vez- sea mi mayor deseo, este hombre no merece tal agravio.
Lo amo de lejos, lo dejo libre, porque si lo encierro perdería su encanto; si lo aprisiono dejaría de amarlo y moriría sin belleza y libertad. Al encerrarlo lo vería todos los días, lo sentiría cerca siempre y ya no habría libertad que admirar; lo amo porque lo admiro, lo contemplo porque es hermoso y lo libero porque lo amo de nuevo.

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