¿Por qué habría de preocuparme eso? Es algo muy natural, nunca me ha importado si suda, si está impresentable, si se ve terrible... Es el hecho, él está ahí, conmigo en una efímera despedida, para volver a vernos en algunas horas. No me importó, fui hacia él, dejé de lado los prejuicios, mis inhibiciones, mis miedos, mi costumbre de huir de lo que me importa... Lo besé en la mejilla. Aunque tuve que atravesar el laberinto de su negativa, la maraña de su vergüenza y el puente de sus nervios, decidí tener un roce pequeño, fugaz, pero sintió el tibio de mis labios. Qué acostumbrada estoy a huir por miedo. No puedo hablar normalmente con él por temor a un rechazo, no puedo decir lo que siento por las paredes de inseguridad que me encierran; es como estar en el pico de una montaña, lista para saltar, atada al cielo.
Quiero que él destruya las paredes, que me salve del olvido, del vacío, de esa soledad que solo logra que me estanque en imaginarios bosques de desesperación. Quiero que me acompañe. Sé que es algo prohibido, sé que yerro terriblemente al dejarme de llevar por este sentimiento, sé que imagino mil escenarios inexistentes, sé que tal vez esto quede en uno de mis mil recuerdos, como algo que quise hacer y por miedo, no intenté.
No me importa. Eva saboreó la manzana como nunca antes lo había hecho, desde entonces, las mujeres tenemos una atracción inconsciente a lo prohibido y no me excluyo del grupo. Tengo el mundo en contra, el tiempo me golpea cruelmente, las circunstancias me empujan lejos de este hombre como dios empujaba a Eva lejos del árbol. Solo espero llegar a un acuerdo, no morir arrepintiéndome de limitarme solo a un amor contemplativo, quiero lograr algo hermoso esta vez.
Pero... ¿estará dispuesto a hacerlo? No lo creo. ¿Algún hombre en su sano juicio estaría dispuesto, acaso?

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