En medio de la claridad y la oscuridad; entre lágrimas, suspiros y risas; entre la vida, la muerte y tres limbos; cuando anochece y amanece al mismo tiempo... En ese momento dos almas se reconocerán y en medio de aliento angelical se verán fundidas en el aro de polvo perfecto que correrá para siempre.
Pensé reconocer a estas almas, cómo no iba a hacerlo. Yo era polvo en ese entonces, contemplaba todo objetivamente, luego me convertí en brisa, luego me confundí entre sus alientos. Contemplé perfectamente toda la escena. Fue perfecta. En algún momento me había transformado en ceniza, acompañaba a algunas colillas de cigarro. Luego caí, de casualidad, al café. Me evaporé con el humo de la sustancia que hervía sin piedad. En medio de este infierno, seguía disfrutando de la placentera compañía de dos almas que se conocían pero se habían conocido toda la vida. Él la miraba y ella a él, lo había amado desde que lo conoció en aquel diario magnífico lleno de existencialismo.
Cerró el libro y yo me convertí, una vez más, en la respiración de la dama con alma de hierro y labios de ficción. Alma perfecta, extravagante, sueños de cera, pompas de jabón, castillos de esperanza, ojos de ilusión. Duerme ahora, niña, se acabó. Cierra los ojos, exhálame lejos... Dame un último adiós. He cobrado vida gracias al recuerdo, tu amor por un libro, tu vida en ficción. Siempre estarás enamorada de ese hombre, ese hombre que solo en sueños existió y que más tarde en un libro se plasmó. Gracias a aquel, tu filósofo favorito, que solo hace unos segundos, aunque en sueños, te amó.
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