Once puntual

Ella despertó muy tranquila. Caminó a su balcón solo para respirar el húmedo aire de Lima que tanto amaba; vio los árboles, la gente caminando. Qué envidia sentía, cuánto hubiera querido caminar libremente. Fue a arreglarse para otro día sin vida ni encanto, otro día invisible, como los últimos que había tenido.

El hábito de la tertulia se había perdido mucho después de los tiempos de terrorismo. Antes una podía ver a la gente conversando alegremente en un café: hablaban de la vida, de los episodios, de política, de libros... ahora todo se había resumido a sosas y superficiales conversaciones que ella detestaba. Ahora se sentía más sola que de costumbre y la humedad se había convertido en su mejor compañera.

Él despertó, vio el reloj y suspiró. Ella lo contemplaba desde la esquina del cuarto. ¿Cuánto podría llegar a amarlo? Él miró la esquina, volteó con indiferencia, ignoró su presencia por completo. Fue a la cocina, preparó una taza de café y unas insípidas tostadas. Comió parado y en silencio, mientras se desordenaba aún más la melena de cabellos ensortijados y pocas canas.

Si bien ella era muy alegre, ahora se veía atrapada en mil recuerdos. Nada tenía sentido. Ahora solo dejaba pasar las horas, sin importarle nada, dejaba que el día acabe, que transcurran las solitarias horas. Estaba tan cerca y a la vez tan lejos de aquel hombre que amaba. Lloraba constantemente. Él parecía no oír sus lamentos, solo seguía con la mirada perdida.

Vio el reloj y fue a bañarse. El agua estaba algo fría, pero a él no le importaba, la temperatura del ambiente o del agua le era indiferente, ¿qué era el frío? ¿Qué era el calor? Toda temperatura había perdido el encanto, casi no la sentía, no sentía sus cambios.

Ella se vistió con sus mejores prendas. Usaba un vestido negro muy elegante y unos tacones plateados, parecía que iba a una cena importantísima. Tenía treinta y ocho años, se le veía muy bien. Él, por otro lado, vistió su mejor terno, zapatos recién lustrados y una hermosa corbata plateada. Ella salió de casa primero, emocionada por un próximo encuentro. Él, muy puntual, salió de la casa a las diez y treinta, para llegar a su destino a la hora exacta.

Él paró en el camino a comprar flores, quería que ella tenga las flores más hermosas. La amaba con toda su alma, quería verla aunque sea un momento: conversar sobre lo sosa que era la vida en la cuidad, lo mucho que la extrañaba a pesar del poco tiempo que ella había pasado fuera de casa.

Cuando llegó, estacionó su auto y caminó tranquilamente hacia donde ella estaba. Se sentó y empezó a hablarle sobre las cosas que lo agobiaban, las que lo hacían feliz y sobretodo, lo mucho que la extrañaba. Ella, sentada, escuchaba tranquilamente. Una lágrima se derramó por la mejilla de su amado y ella no pudo contener el llanto.

-Recuerda que ahora y por siempre te voy a amar- sollozó él con mirada triste. Ella trataba de acariciar su mejilla, pero su mano no lograba tocarlo.

Odiaba esta situación, la frustración de no poder contestarle, lo besaba incansablemente, pero el parecía no sentir sus besos. Se sentó y vio como él se alejaba lentamente, llorando. Ella suspiró y  lo espera con ansias, respirando ese húmedo aire limeño que tanto ama...

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