La negra. La seguía y la pisaba. Déjame pensar sola, no me sigas. Es mi deber acompañarte. Duele.
Luz tenue. Hora de revelar secretos. Niña, recoge la flor. Negra, me voy a hacer daño. Niña, evita los vidrios rotos y recoge la flor. La niña se para, recoge la flor y se hace un pequeño corte en el dedo. Negra, sangre. Niña, tranquila, no morirás. ¿Por qué me corté? Porque el vidrio es peligroso. ¡Pero solo te obedecí! ¿Por qué lo hiciste? No siempre debes hacer lo que te dicen. Negra maldita, te odio, aleja tu presencia de mí, deja de acosarme. Pero si aún no revelas un secreto, conversa conmigo, quieres revelarlo.
Negra odio las muñecas. ¿Por qué? He visto la muñeca torcer, he visto la muñeca moverse sin sentimiento. Y la otra muñeca... La otra era útil, perversamente útil. Vueltas. Gemidos. Pero solo interés, no percibí amor. La muñeca sufrió, sintió placer, pero sufrió. Amaba a aquel, pero esa vez se sintió simplemente útil. Ya no quiero ver muñecas. Son el horror encarnado. Niña, huele tu flor, tómala con cuidado. La herida me duele. La niña huele la flor. Negra, la flor despide un exquisito aroma. ¿Te dolió el corte al olerla? Sí. ¿Valió la pena? Sí... Pero puedo oler la flor sin sentir dolor, sin cortarme. Sí, pero con el corte, ahora mismo, ¿valió la pena? Es cierto. La muñeca se sintió útil, le debe haber dolido como el corte. Prefiero percibir solo amor, que todo sea sencillo. Pero, ¿qué puedo hacer ahora? El vidrio roto nunca podrá volver a su forma original. La niña llora.
Apaga la luz, es todo por hoy. Háblame mañana con menos temor. La niña accedió y la negra, desapareció. Y en la oscuridad que el cuarto invadió, la hermosa muñeca al amado extrañó.
Luz tenue. Hora de revelar secretos. Niña, recoge la flor. Negra, me voy a hacer daño. Niña, evita los vidrios rotos y recoge la flor. La niña se para, recoge la flor y se hace un pequeño corte en el dedo. Negra, sangre. Niña, tranquila, no morirás. ¿Por qué me corté? Porque el vidrio es peligroso. ¡Pero solo te obedecí! ¿Por qué lo hiciste? No siempre debes hacer lo que te dicen. Negra maldita, te odio, aleja tu presencia de mí, deja de acosarme. Pero si aún no revelas un secreto, conversa conmigo, quieres revelarlo.
Negra odio las muñecas. ¿Por qué? He visto la muñeca torcer, he visto la muñeca moverse sin sentimiento. Y la otra muñeca... La otra era útil, perversamente útil. Vueltas. Gemidos. Pero solo interés, no percibí amor. La muñeca sufrió, sintió placer, pero sufrió. Amaba a aquel, pero esa vez se sintió simplemente útil. Ya no quiero ver muñecas. Son el horror encarnado. Niña, huele tu flor, tómala con cuidado. La herida me duele. La niña huele la flor. Negra, la flor despide un exquisito aroma. ¿Te dolió el corte al olerla? Sí. ¿Valió la pena? Sí... Pero puedo oler la flor sin sentir dolor, sin cortarme. Sí, pero con el corte, ahora mismo, ¿valió la pena? Es cierto. La muñeca se sintió útil, le debe haber dolido como el corte. Prefiero percibir solo amor, que todo sea sencillo. Pero, ¿qué puedo hacer ahora? El vidrio roto nunca podrá volver a su forma original. La niña llora.
Apaga la luz, es todo por hoy. Háblame mañana con menos temor. La niña accedió y la negra, desapareció. Y en la oscuridad que el cuarto invadió, la hermosa muñeca al amado extrañó.
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