Ella, la más fatal


Ella y yo convivíamos en paz al principio, todo estaba bajo control. No le tenía miedo y ella tampoco me temía a mí. Pasaron así los años, convivimos toda la primaria en perfecta armonía y a veces ni notaba su presencia, era algo casi tácito, casi tan imperceptible como el aire que respiro.
Llegué así a la secundaria, donde nuestro reencuentro fue terrible. Ella me miró fijamente, desafiante; observándome día a día, se dio cuenta de mis debilidades. Traté de controlar este enfrentamiento casi involuntario, porque no cruzamos palabra alguna, pero ella me atacaba con más fuerza cada vez. Esto ya se estaba escapando de mi poder y, aunque tratara, su perfección, exactitud, su lógica y su intriga me impedían encontrarle debilidades o puntos donde atacar. Habían momentos en los que podía con ella, pero estos eran muy breves, ella me ganaba la mayoría de veces. Todo esto tuvo un lado bueno: gracias a ella empecé a pensar mejor, a razonar mejor; porque para vencerla debía pensar bien en una respuesta, la cual debía ser exacta y perfecta, para derrotarla y sentirme victoriosa aunque sea por un minuto. Ella hizo que baje mi promedio en la libreta, me sometió al sufrimiento de un jalado... todo por sentirme atacada por ella. Para el tercer bimestre del cuarto año de media, me tenía asustada, casi amenazada, podría reprobar por su culpa y sólo inteligentes respuestas me podrían salvar de esta situación.
Me esforcé, pensé como nunca antes e ideé las mejores respuestas que pude, con cierta dificultad. Esta dificultad fue disminuyendo poco a poco, para dejarme en un plano de autoridad sobre ella, que trataba siempre de volver a someterme, sin éxito esta vez.
Llegó la batalla final en cuarto de secundaria, donde ella y yo nos enfrentaríamos para que quede demostrado que yo era perfectamente capaz de ganarle y que toda su perfección y exactitud no iban a impedir que gane esta pelea -ya no era un adversario fácil para ella-.
Luego de pelear dos horas, estaba plenamente segura de que sería escogida por el juez como la ganadora, porque fue como un encuentro de box empatado, los jueces deciden quién gana al final.
Me dieron el resultado en la libreta, donde logré ganarle a ella, la matemática, aprobando su insufrible curso, que me había tenido sometida tanto tiempo.
Ahora no le temo e incluso nos miramos con cierta complicidad... no hay nada que con inteligencia no se venza.

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